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Sobre nosotras

Herbalismo de montaña

Doña Matilde nos mostró que sobar es sanar y también escuchar. Nos habló de las plantas que crecían alrededor y de cómo se siembra el agua bajo la raíz del aro y en el ombligo de un recién nacido. En sus gestos regresaban memorias de cuidado, esas que sentíamos vivas en cada uno de nuestros remedios.

la gran ceiba madre

La historia

Si me preguntan cómo empezó todo, siempre vuelvo a dos imágenes: la cocina de Morros con Celita y el jardín de abejas angelitas de doña Edilia.
Ahí empezó. 

Somos de la vereda Morros, en la montaña que conecta el Socorro con Pinchote, frente a la inmensa Serranía de los Yariguíes. Vivir aquí tiene su propio pulso. El café florece blanco por pocos días y transforma el paisaje. Hay meses intensos de cosecha y otros más suaves, cuando la tierra baja la voz. En esos tiempos comenzamos a reunirnos.

Éramos cinco mujeres cafeteras. Cada una custodiaba un  microcosmos medicinal: cidrón para dejar el afán, altamisa para limpiar "la mala onda" y espantar las pulgas, ruda en la puerta “por si acaso”, paico para las lombrices. Era un saber cotidiano y vivo en cada una.

Un día hicimos algo sencillo: escribir en una hoja nuestras plantas de siempre. Nombrarlas.
Ese gesto abrió una puerta que desconociamos. Cuando una planta se nombra, entra en la conciencia. Y cuando entra en la conciencia, empieza el cuidado. Porque se ama lo que se conoce.

Desde el comienzo sentí que este proyecto nacía de preguntas grandes:

¿Qué podemos entregarle a esta montaña que nos vio nacer?
¿Cómo sostenemos la sabiduría de las abuelas  que vive en nuestra memoria?
¿Cómo estudiamos la herbología con rigor —botánico, químico, terapéutico— sin perder la relación espiritual con las plantas?

Quería comprender a fondo lo que ya intuíamos: revisar bibliografía, entender principios activos, aprender procesos adecuados de recolección, sin olvidar que todo forma parte de una alianza antigua, de una amistad milenaria entre las plantas y los humanos.

Luego vino la residencia en la Casa Rural de la Fundación Morros. Ese tiempo nos permitió ordenar lo que sabíamos con el cuerpo. El saber campesino y el estudio técnico empezaron a conversar con más claridad. Nos fortalecimos.

Así nació la huerta colectiva.

La hicimos circular porque así sentimos la vida: en movimiento, en ciclos que pulsan. Tiene cuatro entradas abiertas hacia las cuatro direcciones. Mucho después entendí que esa forma era la rueda medicina, que ya se estaba dibujando en mi camino sin que yo la conociera. Fue como el primer cawilto que se presentaba frente a mi vida.

En los extremos, tensando el diseño, sembramos cacao, borrachero y tabaco como guardianes y testigos. Crecimos sintiendo su presencia.

Hoy cultivamos más de treinta especies en cerca de doscientos metros. Las agrupamos por afinidad. Preparamos abonos con residuos de cocina y tierra cafetera. Observamos el suelo con paciencia. Volvemos cada quince o veinte días a limpiar, podar, revisar.

La huerta se escucha.

Y nosotras también.

Con el tiempo organizamos nuestras mezclas y nacieron las “Agüitas que sanan”. Recuperamos recetas que ya vivían en nuestras casas: para el desvelo, la digestión, el cuidado del útero, los resfriados. Ajustamos proporciones. Afinamos procesos. Mi interés siempre ha sido que la intuición camine de la mano del método.

Con los años, mi camino se fue ampliando. Me acerqué a procesos ancestrales de otros pueblos: a la casita de sanación del mayor Raul en Florencia , a la Abu María en la Sierra Nevada, a las enseñanzas del Taita Anselmo en territorio Misak y a Don Aurelio, medico Kallawaya, herbolario caminante y generoso con sus saberes. Han sido encuentros de escucha profunda, de aprendizaje lento, de sentirme aprendiz de por vida. Ahí comprendí con más claridad que cada territorio guarda su propia medicina y su propia forma de nombrar la vida.

Mi investigación habita ese cruce entre el estudio científico riguroso y el conocimiento ancestral situado. Esa conversación permanente sigue nutriendo este proyecto. Y mi sueño es ampliar estas redes de mujeres, tejer saberes con respeto, honrar y dignificar lo que cada una hace desde su territorio.

También ha ido creciendo en mí el deseo de compartir estos aprendizajes con más fuerza. Posicionar el uso consciente de las plantas medicinales como primera alternativa de cuidado. Volver a mirarlas como aliadas cercanas. Sanarnos a nosotras mismas, sanar el territorio que habitamos, recomponer nuestros tejidos comunitarios. Siento que ahí hay una tarea urgente y hermosa.

 

A veces nos preguntan qué es esto.

Para mí es un puro acto de soberanía.

Genera ingresos en los meses bajos del café y fortalece nuestra autonomía. Redistribuye saber. Teje comunidad. Decidimos juntas. Rotamos tareas. Aprendimos a escucharnos incluso en el desacuerdo.

Las mujeres hemos cuidado históricamente la semilla, el fuego, el agua y la salud del hogar. Aquí ese cuidado toma forma concreta y colectiva.

Me inspira profundamente entender el territorio como una red viva de relaciones. En Morros eso se siente todos los días. La huerta está entrelazada con nuestras casas, con el café, con los hijos que corren alrededor. Todo se afecta mutuamente. Cuidar una planta es cuidar esa red.

Este proyecto también es una búsqueda personal:

¿Cómo regeneramos el tejido de la vida en tiempos de fragmentación?
¿Cómo construimos empresa con conciencia territorial?
¿Cómo honramos a las abuelas mientras formamos a las niñas?

Hay algo de alquimia en lo que hacemos. Como enseñaba Paracelso, la medicina verdadera está viva y nace del encuentro entre la naturaleza y la conciencia. Tomar una flor fresca de saúco, extenderla al sol, permitir que el aire y el tiempo hagan su parte, desprenderla con cuidado del tallo y mezclarla con otras plantas hasta que encuentren su propia armonía. Así vamos creando remedios vivos: preparaciones que conservan el espíritu de la planta y su fuerza sutil. Luego verla transformarse en una infusión que entra tibia a la casa de alguien. Es un trabajo minucioso, casi secreto. En cada hebra seca habita estudio, intención y memoria.

Empezamos cinco mujeres en una montaña.


Seguimos cinco.

Nosotras

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