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Charazani: el comienzo de un nuevo vínculo con la tierra

  • 17 jun
  • 4 min de lectura

Actualizado: 18 jun

El valle del Ayllu Lunlaya, Terrazas construidas por los chulpas del cuarto sol
El valle del Ayllu Lunlaya, Terrazas construidas por los chulpas del cuarto sol

Hay viajes que te enseñan nombres de plantas.

Y hay otros que te cambian la manera de relacionarte con ellas.


Durante tres semanas, estuvimos compartiendo con el abuelo Aurelio Ortiz, médico tradicional de la nación Kallawaya, y la mamá Justina, en el Ayllu Lunlaya, en las montañas de Charazani, Bolivia. Llegamos queriendo aprender sobre plantas medicinales. Y nos fuimos entendiendo que, para los Kallawayas, la medicina no empieza en las plantas. Empieza en la relación.


Con la tierra, con el agua, con los ancestros, con las montañas, con los vientos, con la comunidad y con los seres visibles e invisibles que sostienen la vida.

Desde los primeros días, el abuelo Aurelio nos habló de los tres mundos que conforman la existencia.


El Hanan Pacha, el mundo de arriba, donde habitan las grandes fuerzas ordenadoras.

El Kay Pacha, el mundo donde caminamos junto a las plantas, los animales y las personas.

Y el Uku Pacha, el mundo interior y profundo, donde descansan los ancestros, las memorias y lo que todavía está germinando.

La salud, nos explicó, aparece cuando hay equilibrio y comunicación entre estos tres mundos.


La purificación: preparar el cuerpo para escuchar



Antes de acercarse a la medicina hay que ordenar el cuerpo, el pensamiento y el espíritu. Así que prendimos el fuego y aprendimos a mirarlo de verdad. El fuego habló y nos mostró lo que teníamos ver.


Compartimos la lectura de la coca y conocimos la istaya, la tela sagrada en donde duerme la coca y habita su oráculo. Dormimos con ella, y después con las plantas que luego, hervidas y rezadas por mama Justina, llevaríamos al río para completar el proceso de purificación. También conocimos el rapé Kallawaya, preparado con plantas de estas mismas montañas y usado en los procesos de purificación.

En esos días empezamos a caminar el territorio distinto. Recogimos muña, hongos silvestres, aporcamos la papa y las habas en unas terrazas que llevan más de 5.000 viendo la vida crecer. Aquí todo se siente inseparable de la montaña que la vio nacer.



El Ayni y el Wiwa

Dos palabras aparecieron todo el tiempo durante nuestra estadía.

La primera fue Ayni, el principio de reciprocidad que sostiene la vida. Todo lo que recibimos necesita volver a circular. La lluvia alimenta la tierra. La tierra alimenta las plantas. Las plantas alimentan a las personas. Y las personas tienen la responsabilidad de agradecer y devolver.


Mama Justina desyerbando la Chajra
Mama Justina desyerbando la Chajra

Por eso las ofrendas son tan centrales dentro de la medicina Kallawaya, bueno en realidad en todas las tradiciones. Agradecer al Tata Inti, al agua, a la lluvia y a los dadores de vida es una manera concreta de mantener vivo el vínculo.


La segunda fue Wiwa, la crianza mutua.

Criamos las semillas y ellas nos alimentan. Criamos el territorio y el territorio nos cría. Criamos la vida y la vida nos transforma.


Pan de maiz durmiendo para luego entrar al horno
Pan de maiz durmiendo para luego entrar al horno

Esto me resonó con mucha fuerza porque es el corazón de este tiempo, el tiempo del Qhapaq Raymi, el tiempo femenino, el del cuidado, la fertilidad y la gestación. Un tiempo para preguntarse qué estás cultivando y qué te está cultivando a ti.



Las mesas: conversaciones con el territorio vivo

Durante estas semanas participamos en diferentes mesas ceremoniales que buscan mantener la relación con las fuerzas que habitan el territorio y que son el centro de la tecnología Kallawaya.

Trabajamos con los Chullpas, ancestros antiguos que siguen presentes en ciertos lugares sagrados. Con Ancari, el espíritu del viento que recorre estas montañas. Y con el Sacharruna, el espíritu de los árboles y los bosques, que es fundamental para quienes quieren caminar un camino de aprendizaje con las plantas medicinales.


Los cuatro pilares de la medicina Kallawaya

De a poco fuimos entendiendo que la medicina Kallawaya se organiza alrededor de cuatro grandes movimientos.

La purificación, que limpia y ordena. La conexión, que restablece la relación con los mundos visibles e invisibles. La alimentación, que nutre tanto las fuerzas femeninas como las masculinas. Y el fortalecimiento, que permite caminar con claridad y con propósito.

La alimentación femenina está asociada a las raíces, a lo que crece hacia adentro y sostiene. La masculina, a los frutos y a lo que se expande hacia afuera. Y el fortalecimiento no es solo del cuerpo: también implica fortalecer el carácter, la palabra y la relación entre el ajayu pequeño y el ajayu grande, las dos dimensiones del alma que necesitan caminar juntas para que una persona pueda sostener su camino de vida.

Decia el abuelo que cuando entra un frío el  ajayu pequeño se sale del cuerpo...



Los tres cauiltos

Nos contaron sobre la existencia de tres espacios de diálogo interespecies, o cauiltos. Espacios de escucha o portales que, a través del fuego, permiten entran en conexión con los tres mundos.


El primero, el personal. El segundo, el familiar y comunitario. Y el tercero, el más importante, el espacio de los Apus, las montañas tutelares que orientan y protegen el territorio. Cada uno necesita atención, escucha y alimento.


La caminata del nacimiento

Nuestra última ofrenda empezó a las cuatro de la mañana.



Era la hora del Pacha Paqari, la energía del nacimiento, la fuerza del bebé que anuncia un nuevo comienzo. Caminamos en silencio por las montañas y algo se fue asentando adentro. Lo que habíamos vivido no era un cierre. Era un comienzo.




Al despedirnos, el abuelo Aurelio nos dio cuatro hojas de coca.

Al entregarlas decía una frase que habíamos escuchado muchas veces durante nuestra estadía:


Hallpakusunchis.

Compartamos tierra.

Quien las recibe las lleva al pecho, las gira suavemente y responde:

Urpi ay, sonqoyay.

Palomita de mi corazón.


No creo que haya una manera más linda de nombrar lo que nos llevamos de Charazani.

Compartir tierra.

Y recibirlo en el corazón con gratitud.

Porque la medicina, en esencia, es recordar cómo volver a pertenecer.



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