Pishimarop: cuando el cielo ayuda a ordenar lo que uno carga
- 28 feb 2025
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Hace unos meses el taita Anselmo, médico tradicional del pueblo Misak, vino a Rizoma Estelar, nuestra casa entre Pionono y Juaica, en el valle de Sagamasa, bajo la mirada de Kumanajú, el cerro madre que custodia este territorio.
Llegó para realizar un Pishimarop, una práctica de refrescamiento propia de la tradición Misak. Había tabaco, orejuela, chirrinchi y una disposición muy sencilla: sentarse a observar el cielo.
Una de las cosas que más me gusta de compartir tiempo con los mayores es descubrir que la medicina casi nunca aparece donde uno espera encontrarla.
A veces está en una planta.
A veces en una conversación.
Y a veces en una tarde entera observando el recorrido del sol.
Nos sentamos en medio de la huerta hacia las tres de la tarde. El taita Anselmo iba adelante y nosotros a su lado derecho. Mirábamos hacia el norte mientras el occidente quedaba a nuestra izquierda.
Desde el comienzo nos hacía tomar pequeños sorbos de chirrinchi y escupirlos hacia la izquierda y hacia la derecha siguiendo sus indicaciones. Repetimos este gesto durante toda la tarde. Escupíamos con fuerza, contando cada soplo, mientras el cielo cambiaba lentamente sobre nuestras cabezas.
Durante horas el taita observó el horizonte. Seguía el movimiento de las nubes, el viento, los cambios de color y el recorrido del sol. A veces compartía alguna lectura. Otras veces permanecía en silencio.
Recuerdo especialmente su sonrisa permanente. Hablaba poco. Tenía una presencia tranquila y una forma muy amable de acompañar el espacio. A veces señalaba alguna nube o comentaba algo sobre cómo se iba quemando el tabaco o un dolor en su cuerpo como reflejo de algo que se estaba limpiando. También habló del espíritu del arcoíris y de otras presencias vinculadas al viento, otros de los espíritus que lo acompañan.
Con el paso de las horas fui entendiendo que gran parte de esta práctica tiene que ver con la atención. Con aprender a observar. Con notar relaciones que normalmente pasan desapercibidas.
Mientras el horizonte cambiaba, también cambiaban los pensamientos, la respiración y la forma de estar allí.
Hacia el final de la jornada aparecieron unos bisos rojos en el cielo. El taita los observó con atención y nos explicó que eran una buena señal. Habló de la presencia de los ancestros y de un trabajo de limpieza relacionado con la sangre femenina.
No me corresponde interpretar esa lectura. Lo que sí puedo compartir es la sensación de haber participado en una conversación mucho más antigua que nosotros, una conversación entre el territorio, el viento, los ancestros y quienes estábamos allí reunidos.
Cuando cayó la noche, el horizonte estaba despejado.
El cielo se veía limpio.
Esa imagen me acompaña hasta hoy.
Quizás porque el Pishimarop recuerda algo que solemos olvidar: la salud también está relacionada con la forma en que habitamos un lugar, con la calidad de nuestras relaciones y con nuestra capacidad de prestar atención.
Los médicos tradicionales Misak han cuidado durante generaciones esta manera de leer el territorio. Una forma de conocimiento construida a partir de la observación paciente, la experiencia y la relación con los ciclos de la vida.
Lo que comparto aquí es apenas un pequeño fragmento de ese encuentro.
Una tarde bajo el cielo.
Un refrescamiento.


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